Les flashs s’explosent comme des relais sur la planche de bois rouge lorsque Mateo a croisé la barre de sécurité.

Nadie lo vio al principio.

C’était vraiment petit pour le monde de la lumière.

Il y a eu une fois des années, une sudadera gris gastada, des zapatillas viejas et une mochila rota colgada d’un hombro. Vos mains temblaban mientras sotenía un sobre doblado, humedo por el sudor de sus dedos. À l’autre endroit de la couleur rouge, les photos griffent le même nom une et une autre fois.

—¡Alexandre ! ¡Alejandro, par ici !

Alejandro Valcárcel sonreía sin mirar demasiado.

C’était l’un des acteurs les plus célèbres d’Espagne. Traje negro impeccable, cabello oscuro peinado hacia atrás, reloj caro, rostro conocido por millions de personas. Cette nuit a inauguré sa nouvelle fondation dans un hôtel de luxe, fréquenté par des célébrités, des caméras, des journalistes et des entrepreneurs.

Mateo no pertenecía allí.

Lo sabía por las miradas.

Je sais que la garde l’emploiera avant de pouvoir avancer.

—Enfant, aléjate de la alfombra.

Mateo a pris le sujet contre le pêcheur.

— Merci. Je n’ai besoin que de parler avec él.

—Fuera.

— Ma maman a dit que je tenais à entregarle esto.

La garde, le haut et la robe noire, sont inclinées avec une expression dure.

—Todos tienen una historia. Muevete.

Mateo sintió que les lágrimas le quemaban los ojos.

J’ai attendu quatre heures hors de l’hôtel. Je suis arrivé à la gare car il n’y a pas d’alcanzó pour un autre billet. J’ai vu des voitures noires, des femmes avec des robes brillantes, des hommes avec des costumes qui valaient mieux que tout ce qu’ils avaient. Et chaque fois que je l’attendais d’Alejandro, quelqu’un le décide de ne pas l’ennuyer.

Mais votre mère n’a pas besoin de beaucoup d’instructions.

Solo una.

“Quando yo ya no pueda acompañarte, busca a Alejandro Valcárcel. Muéstrale la photo. Si todavía tiene corazón, sabrá qué hacer.”

Elena a murió trois semaines après.

Mateo se trouve avec une boîte de médicaments vacants, une main vieja et tout sur.

Por eso no podía irse.

—Señor Alejandro… —gritó con la voz rota—. ¡Por favor, escúcheme!

Alejandro se detuvo.

Je ne pourrai pas entendre les paroles.

Sino parce que quelque chose en quelque sorte a traversé le ruido des photographes.

Giró la cabeza.

Vio al niño forcejeando con el guardia.

Les reporteros se émocionaron enseguida. Chaque interruption sera notifiée. Plusieurs caméras sont disponibles chez Mateo.

La garde a tenté de se séparer plus rapidement.

—Vamos, enfant. Ce n’est pas grave.

Mateo levantó el sobre.

— Ma maman a dit que tu m’avais rencontré un jour.

Alejandro frunció el ceño.

Esa frase lo golpeó sin saber por qué.

—Déjalo —ordenó.

El guardia dudó.

—Señor, puede ser peligroso.

—Dije que lo dejes.

El guardia soltó el brazo del niño.

Mateo quedó de pie en medio de la alfombra roja, pequeño, sucio, asustado, rodeado por cámaras que lo miraban como si fuera un espectáculo.

Alejandro caminó hacia él con expresión seria.

—¿Cómo te llamas?

—Mateo.

—¿Qué quieres de mí?

Mateo tragó saliva.

No quería dinero.

No quería una foto.

No quería autógrafos.

Solo quería que alguien le explicara por qué su madre lloraba cada vez que veía una película de aquel hombre.

—Mi mamá se llamaba Elena Rivas.

El rostro de Alejandro cambió.

Fue apenas un segundo.

Pero todos los flashes capturaron ese instante.

Elena.

Ese nombre no había sido pronunciado frente a él en doce años.

La mujer que desapareció de su vida cuando él todavía no era famoso. La mujer que lo amó antes de los premios, antes de las portadas, antes de los contratos. La mujer que, según le dijeron, se fue porque no quería vivir a la sombra de un actor fracasado.

Alejandro bajó la voz.

—¿Quién te habló de Elena?

Mateo levantó el sobre con manos temblorosas.

—Ella.

Alejandro lo tomó lentamente.

Dentro había una fotografía vieja.

La imagen estaba desgastada, con las esquinas dobladas. En ella aparecía Alejandro mucho más joven, sentado en un parque, abrazando a Elena. Ella tenía una mano sobre su vientre, apenas redondo. Él reía mirando hacia abajo, como si acabara de prometer algo.

En el reverso había una frase escrita con la letra de Elena:

“Cuando nazca nuestro hijo, ojalá tenga tus ojos.”

Alejandro dejó de respirar.

—No…

Mateo sacó otra foto.

Esta era más pequeña.

Elena sostenía a un bebé envuelto en una manta azul. Al lado, una pulsera de hospital con un nombre escrito a mano:

Mateo Alejandro Rivas.

Alejandro miró al niño.

Sus ojos.

La forma de apretar los labios para no llorar.

La pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda.

La misma que él tenía.

—Esa foto… ¿dónde la conseguiste? —susurró.

Mateo señaló al bebé.

—Ese bebé soy yo.

Los flashes se apagaron por un segundo.